Caronte en Venecia

En los portales de los edificios siempre estaciona una barca que va depositando a los amantes que con sus besos apuran el licor de su luna de miel, porque como es sabido, después de llena, la luna mengua hasta desaparecer, y sólo entonces es cuando la noche se hace palpable en su continua existencia.

Así, entre la vorágine, dos enamorados se agarran para sortear de un salto el espacio que les separa del muelle y de todo lo que les es tierra firme. En su elevarse en el descenso, lanzan juntos una moneda al aire y en lo alto, sobre sus cabezas, centellea el mismo cobre, devolviendo los últimos átomos de la aparente luna que prontamente será eclipsada. A un lado, el barquero en un solemne y hábil movimiento recoge al vuelo la paga de sus viajeros y, sintiendo el frío del metal reclamando su atención, se dispone a abrir la mano para comprobar, falto de esperanzas, la cara de la moneda que ésta ha de mostrarle.

La huida del gesto

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:

-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.

El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:

-Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza? -No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo matarlo esta noche en Ispahan.

JEAN COCTEAU

Le grand écart

Con la urgencia de aquel que presiente el final de sus días, el joven jardinero cabalgó sin demora por el árido desierto, ignorando que acudía a la cita de la que tanto huía. La luz ya casi parecía a punto de extinguirse en el horizonte cuando los ojos del jardinero se toparon a lo lejos con una irregularidad en el terreno, y que no tardó su memoria en confirmar que se trataba de Ispahan.

En un último esfuerzo espoleó su montura y se dirigió a la ciudad a galope tendido. Las imponentes murallas se abrían paso entre las dunas hasta acaparar por completo su rango de visión, alzándose desafiantes hacia el cielo. La imagen que reflejaba lograba infundir en el espectador la sensación de protección que en ese momento necesitaba, como si un montón de piedras apiladas le mantuvieran a salvo de la propia Muerte.

  Se desmontó del caballo y entró por la puerta.

  Ya había oscurecido, y el joven persa al ver las calles desiertas supuso que sería demasiado tarde para encontrar alojamiento. Se le ocurrió entonces improvisar un lecho con mantas en un callejón donde su caballo y él pudieran pasar la noche y con suerte dormir. Afortunadamente, en contra de sus sospechas, el cansancio pudo más que el frío y enseguida cerró los ojos.

  Esa noche soñó con La Muerte, que lucía el mismo gesto de la mañana. En el sueño La Muerte se encontraba en Ispahan, dando vueltas por las calles, buscando encarecidamente algo o alguien.

  Cuando se despertó a la mañana siguiente se encontró en mitad del desierto con el caballo yaciendo al lado suyo, y comprendió que nunca llegó a Ispahan; y que la Muerte, vestida de sed, de hambre o de ambas cosas, no tardaría en encontrarle.

  Lo único que lamentó fue no haber muerto esa misma noche.